Proemio.
Veo, al comenzar esta obra, que quienes se acercan a la cítara lo hacen por muy diversos motivos. Unos buscan en ella el deleite de los oídos, otros la destreza técnica que permite ejecutar melodías, algunos el conocimiento de sus partes y su construcción, y no pocos la posibilidad de acompañar con ella sus cantos y oraciones. En todos estos acercamientos hay algo digno de alabanza, pues todo deseo humano, por humilde que sea y en su esencia, participa de aquella inclinación natural hacia lo verdadero y lo bueno que el Creador ha puesto en nuestras almas. La desviación en la forma del deseo, en cambio, procede de la corrupción.
Mas si observamos con atención, encontraremos que ninguno de estos motivos se agota en sí mismo. El que busca el deleite pronto descubre que no todos los sonidos deleitan por igual, y que tras la variedad de las melodías se esconde un orden que la razón puede comprender. El que busca la destreza advierte que la mera habilidad mecánica, sin conocimiento de las causas, produce obras sin alma. El que construye cítaras aprende, con el tiempo, que la madera y las cuerdas le exigen algo más que precisión: le piden respeto por sus leyes internas, por esa misteriosa capacidad de resonar que parece imitar la voz humana. Y el que las usa para orar intuye, en los momentos más altos, que su música no es sino un signo débil de otra música que sus oídos no pueden oír.
Sucede, pues, con la cítara lo que con muchas otras realidades: que los caminos para acercarse a ella son múltiples, pero todos ellos, si se recorren con rectitud y hasta el final, convergen en un mismo punto. Porque el artesano que la construye, el músico que la toca, el físico que analiza sus vibraciones, el matemático que mide sus intervalos, el filósofo que indaga su esencia y el teólogo que la ordena a la alabanza divina están estudiando una misma realidad bajo diversas luces. Y todas esas luces, en último término, proceden de una sola Fuente. Pues solo Uno es la Fuente de las luces.
De ahí que estas disertaciones se dirigen a todos aquellos que, desde sus respectivos intereses y formaciones, deseen profundizar en el conocimiento de este instrumento musical. Para el principiante, se ofrecen explicaciones claras y ejemplos accesibles; al avanzado se le remite a las autoridades y a desarrollos rigurosos. Y todo ello como aspectos de un mismo conocimiento que aspira a la unidad.
Mas debo advertir al citarista sobre un peligro que acecha: la tentación de detenerse en lo que los sentidos nos ofrecen, como si la realidad se agotara en su apariencia. Porque así como hay quienes contemplan un altar o una estatua y no pasan de admirar la piedra o el oro, sin preguntarse por el dios al que están dedicados, del mismo modo hay quienes se acerca a la cítara y solo oyen sonidos, o la construyen y solo ven madera y metal, o la estudian y solo acumulan información, sin penetrar jamás en aquello que le da sentido.
No es ese, ciertamente, el camino que aquí se propone. Antes bien, quiero que el citarista aprenda a ver en la cítara algo más que un objeto: un signo. Porque si las palabras son signos de los conceptos, y los conceptos lo son de las cosas, las cosas mismas pueden serlo de realidades más altas. La cítara, con su caja que imita el pecho humano, con sus cuerdas que vibran como las pulsaciones del corazón, con su necesidad de ser afinada constantemente, con su capacidad de ordenar las pasiones del alma, nos habla de nosotros mismos y, a través de nosotros, de Aquel que nos hizo a su imagen.
Pero para que ese lenguaje silencioso de las cosas pueda ser oído, es preciso que nuestro conocimiento sea ordenado. No se contempla el todo sin haber distinguido las partes. Por eso la primera cuestión se ocupa de lo más elemental: la esencia de la cítara, su distinción de otros instrumentos, su etimología, su origen, su intención, su condición de artefacto, su lugar en la música, y cada una de sus partes consideradas en sí mismas. Parecerá a algunos que esto es demasiado minucioso, o que poco tiene que ver con la elevación del alma. Mas quien así piensa olvida que lo pequeño, bien conocido, puede iniciarnos a lo grande; y que lo pequeño, bien amado, puede conducirnos a lo sublime. Aqui recuerdo también que grandes obras hace Dios con humildes instrumentos; y en cuanto a mí, insensato y débil, vil y despreciable, y aún en lo que no soy, puedo decir que Dios me ha escogido para confundir a los sabios y a los fuertes, y para destruir a lo que és, aplicando también respecto a mi lo que canta Lana de Rey en Music to Watch Boys To: "I was sent to destroy", de modo que delante de Él no pueda gloriarme, porque por Él soy lo que soy. Y para ello me ha dado una frente más dura que la frente de ellos.
También es preciso considerar respecto al estilo de estas disertaciones en su conjunto, que los tratados antiguos sobre música incluían consideraciones cosmológicas, éticas y teológicas, en lugar de solo limitarse a la técnica, siendo que en muchos ni siquiera se trata de la misma. Por eso Pitágoras y sus discípulos veían en los intervalos musicales el reflejo de las proporciones que rigen el universo. Por eso Platón, en su República, daba a la música un lugar central en la educación de los guardianes. Por eso los salmistas hebreos, inspirados por el Espíritu Santo, mediante referencias constantes a la cítara y otros instrumentos, expresaron sus alabanzas. Y por eso la Iglesia, desde sus orígenes, ha acogido la música en su liturgia como medio para elevar los corazones hacia Dios. Si bien no dejo de lado la técnica pensando en que sea lo más completo posible.
Por otro lado, no pretendo agotar la realidad en estas palabras. Sería necio pensar que estas disertaciones pueden encerrar todo lo que hay que saber sobre la cítara, y más necio aún creer que el conocimiento intelectual, por sí solo, puede sustituir a la experiencia directa del instrumento. La intención de esta obra es más modesta y, a la vez, más ambiciosa: pretende proporcionar al estudioso un mapa que le ayude a orientarse, una escalera que le permita ascender, un método que discipline su pensamiento y su sensibilidad. Con todo, el camino ha de recorrerlo cada uno con sus propias manos, con sus propios oídos, con su propio corazón.
Por eso, al final de cada disertación, se incluye una sección destinada a la aplicación práctica y a la contemplación. Allí el citarista encontrará preguntas que interpelan su vida, máximas que pueden guiar su conducta, y silencios que invitan a la oración. Porque no basta con saber qué es la cítara, ni siquiera con saber tocarla; es necesario que ese saber y esa destreza se conviertan en camino hacia la unión con Aquel que es la Armonía misma.
Por tanto, tú, seas quien seas, que te aproxima a esta obra, dispón tu alma a recibir inspiración más que conocimiento. Estudia con calma. Detente en cada distinción, medita en cada analogía, aplica a tu vida cada enseñanza. Y cuando llegues al final de cada disertación, cierra los ojos por un momento y deja que lo aprendido resuene en el silencio de tu corazón. Porque en ese silencio, tal vez, puedas escuchar la dulce voz de Dios que supera y trasciende a todo sonido.
Y si así lo haces, descubrirás que la cítara, ese humilde artefacto de madera y cuerdas, puede convertirse para ti en lo que fue para David: instrumento de paz, despertador del alma, anticipo de la aurora. Y descubrirás también que todo conocimiento, cuando es rectamente ordenado, culmina en alabanza. Porque al final de todos los caminos, más allá de todas las palabras y de todas las músicas, nos espera Aquel que es Principio y Fin, Alfa y Omega, la Armonía eterna que los ángeles cantan y los santos contemplan.
Que el Señor Jesucristo, inspire nuestras acciones y las acompañe con su ayuda, para que toda nuestra obra y oración comience siempre en Él y por Él lleguen a su término. Y que con la armonía de su Espíritu Santo mediante el cual afinó las cuerdas del instrumento de David, afine también nuestras almas para que cantemos dignamente sus alabanzas.
A Él sea la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
Cuestión 1. De la Esencia de la Cítara
Para encuadrar debidamente esta obra, es imprescindible que, antes que nada, averigüemos qué es y qué comprende la esencia de la cítara. Esta cuestión plantea y exige respuesta a trece cuestiones:
1. Si es necesaria y conveniente una distinción de la cítara, y si la que aquí se propone es apropiada.
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